La respuesta corta es: depende. Y la respuesta larga merece un artículo entero, porque alrededor de la testosterona se ha generado una mezcla de marketing, simplificación y prisa que está llevando a tratar a hombres que no lo necesitan y, paradójicamente, a no tratar a otros que sí.

En este artículo te explico qué es realmente una testosterona baja, qué síntomas la delatan, cómo se diagnostica bien un hipogonadismo y cuándo tiene sentido el tratamiento con testosterona y cuándo es preferible empezar por otro sitio.

Qué es la testosterona baja y por qué ocurre

La testosterona es la principal hormona sexual masculina. Se produce sobre todo en los testículos, bajo el control del hipotálamo y la hipófisis, y participa en muchísimo más que la libido y la masa muscular. Influye en la composición corporal, la densidad ósea, el ánimo, la función cognitiva, la sensibilidad a la insulina, el sueño y el rendimiento cardiovascular.

A partir de los 30 años, los niveles empiezan a bajar de forma progresiva en todos los hombres, alrededor de un 1 por ciento anual. Eso es fisiológico. Lo que no es fisiológico es que un hombre de 45 años tenga niveles propios de uno de 75. Cuando ocurre, hablamos de hipogonadismo, que puede tener dos orígenes principales.

El hipogonadismo primario, donde el problema está en los propios testículos, que no responden bien a los estímulos hormonales que reciben. Suele cursar con FSH y LH elevadas. Causas frecuentes: orquitis pasadas, traumatismos, varicocele importante, síndrome de Klinefelter, quimioterapia previa, alcoholismo crónico.

El hipogonadismo secundario, en cambio, ocurre cuando el testículo es normal pero recibe poca señal del cerebro (hipotálamo o hipófisis). Cursa con FSH y LH normales o bajas. Aquí el peso del estilo de vida es enorme: obesidad, mal sueño crónico, estrés sostenido, sedentarismo, alcohol y resistencia a la insulina son las causas más frecuentes en hombres de mediana edad.

Esta distinción importa, y mucho, porque cambia por completo la decisión terapéutica.

Síntomas: cuándo sospechar que tienes testosterona baja

Los síntomas de la testosterona baja se mezclan con los del envejecimiento, la depresión, el estrés crónico y otros problemas hormonales. Cuando aparecen en hombres a partir de los 40-50 años, este cuadro tiene un nombre concreto: déficit androgénico tardío o andropausia. Por eso el diagnóstico clínico solo no basta. Pero hay un patrón que se repite en consulta y que merece la pena conocer.

A nivel sexual, lo más típico es la disminución de la libido, las erecciones matutinas que desaparecen, las erecciones más débiles y un retraso en la eyaculación. Ojo: una disfunción eréctil aislada no siempre es testosterona baja, muchas veces es vascular o psicógena. Pero cuando la libido también está caída, la sospecha aumenta.

A nivel físico, suele aparecer pérdida de masa muscular pese al entrenamiento, aumento de grasa abdominal especialmente visceral, pérdida de fuerza en gestos que antes no costaban, fatiga persistente que no mejora con el descanso, y a veces sofocos o sudoración nocturna.

A nivel cognitivo y emocional, hay irritabilidad, ánimo bajo sin explicación clara, sensación de "niebla mental", peor memoria reciente y pérdida de motivación. Muchos pacientes me dicen: "no es que esté triste, es que no me apetece nada".

Y hay signos más sutiles: el sueño se vuelve más superficial, la recuperación tras entrenar empeora, las heridas tardan más en cicatrizar y la densidad ósea puede bajar, lo que aumenta el riesgo de fracturas a largo plazo.

Diagnóstico: qué pruebas se hacen y para qué sirve cada una

El diagnóstico de testosterona baja exige un par de cosas que muchas veces no se hacen bien. La primera, la analítica debe ser matutina, idealmente entre las 7 y las 11 de la mañana, y en ayunas, porque la testosterona tiene un ritmo circadiano marcado. La segunda, la confirmación necesita al menos dos determinaciones separadas en días distintos. Diagnosticar un hipogonadismo con un único valor aislado, tomado a las cinco de la tarde, es una mala práctica clínica.

La analítica completa que pido habitualmente incluye testosterona total, testosterona libre o calculada, SHBG, FSH, LH, estradiol, prolactina, perfil tiroideo (TSH, T4 libre), hemograma, hierro y ferritina, glucemia, hemoglobina glicada, perfil lipídico, vitamina D y a veces cortisol matutino.

Por qué tantas cosas. Porque buena parte de las "testosteronas bajas" no son un problema testicular; son la consecuencia de otra cosa que estamos pasando por alto. Un hipotiroidismo subclínico, una hiperprolactinemia por estrés o por adenoma, una resistencia insulínica, un déficit de hierro o un sueño desordenado pueden hacer que la testosterona caiga sin que el problema esté en los testículos.

En casos seleccionados pido también una resonancia hipofisaria (cuando hay LH y FSH bajas con prolactina alta), un cariotipo (en sospecha de Klinefelter), una densitometría ósea o una analítica seminal.

Tratamiento: opciones reales con criterio clínico

Aquí es donde la urología moderna ha cambiado más respecto a hace 15 años, y donde se cometen también más errores.

Antes de recetar testosterona exógena (terapia de reemplazo, TRT), hago una cosa que mucha gente no espera: trabajamos sobre los factores reversibles. ¿Hay sobrepeso central importante? ¿El paciente duerme menos de seis horas? ¿Bebe alcohol cinco días a la semana? ¿Hay déficit franco de vitamina D? ¿Lleva años sin entrenar fuerza? Si arreglamos esos puntos durante 3 a 6 meses, los niveles de testosterona suben significativamente en muchos pacientes con hipogonadismo secundario, sin necesidad de medicación.

Cuando hay hipogonadismo confirmado y los factores reversibles ya están tratados (o el caso es claramente primario), entonces sí entra en juego el tratamiento. Hoy disponemos de varias formulaciones: gel transdérmico diario, inyecciones de larga duración cada 10 a 12 semanas, e inyecciones de duración intermedia cada 2 a 3 semanas. Cada una tiene ventajas y limitaciones. La elección depende del estilo de vida del paciente, de la respuesta individual y de cómo evolucionan los niveles, el hematocrito y los marcadores prostáticos durante el seguimiento.

Hay alternativas para hombres que aún quieren conservar fertilidad o que no quieren introducir testosterona externa: clomifeno, hCG, anastrozol en casos específicos. No son mejores ni peores, son distintas. Y existen contraindicaciones reales del tratamiento — incluyendo el cáncer de próstata activo — que hay que respetar, así como el seguimiento periódico del PSA durante el tratamiento.

El seguimiento es esencial. Una vez iniciado el tratamiento, hay que controlar testosterona, hematocrito, PSA, perfil hepático y respuesta clínica a los 3, 6 y 12 meses, y luego al menos anualmente.

Lo que observo en consulta

En mis consultas en Las Palmas y Canarias veo dos perfiles que ilustran bien el problema actual.

El primero es el hombre de 45 años con vida convencional: oficina, dos hijos, descanso justo, alimentación regular y entrenamiento esporádico. Llega con una testosterona de 280 ng/dL, libido baja y cansancio. Muchos vienen con la idea de "ponerse testosterona" porque un amigo o un coach se la ha puesto. Cuando trabajamos peso visceral, sueño y entrenamiento de fuerza durante seis meses, en bastantes casos volvemos a medir y la testosterona ha subido por encima de 450 ng/dL sin haber tocado nada hormonal. La diferencia clínica es notable.

El segundo perfil es el opuesto. Hombre de 50 años con todos los hábitos en orden, peso correcto, deportista, no fumador, que sigue con síntomas claros y testosterona repetidamente baja. Aquí sí hay un hipogonadismo real que el tratamiento bien indicado, bien monitorizado y honesto sobre sus efectos a largo plazo cambia la vida del paciente.

Mi enfoque es siempre el mismo. No tratar la analítica, tratar al paciente. No usar testosterona como atajo. Y no descartar el tratamiento por miedo cuando está bien indicado, porque el hipogonadismo no tratado tiene también sus consecuencias: pérdida de masa ósea, sarcopenia, peor perfil metabólico y mayor riesgo cardiovascular a largo plazo.