Hay una escena que se repite en consulta. Le explico a un paciente que parte de su problema tiene que ver con el suelo pélvico y me mira con una mezcla de sorpresa y de sospecha. «¿Eso no es lo de las embarazadas?». No. Eso es un grupo muscular que tenemos todos, hombres incluidos, y que en el varón hace un trabajo silencioso hasta que deja de hacerlo bien.
Cuando falla, no falla de forma dramática. Falla en detalles: unas gotas después de orinar, una urgencia que antes no estaba, una erección que ya no se mantiene igual, una tensión sorda en el periné al final del día. Detalles que casi nadie relaciona con un músculo, y que por eso se arrastran durante años.
Qué es el suelo pélvico y por qué en el hombre también importa
Imagina una hamaca de músculo y tejido conectivo tendida entre el pubis, por delante, y el coxis, por detrás. Eso es el suelo pélvico. Cierra la pelvis por abajo y sostiene lo que hay encima: la vejiga, el recto y, en el hombre, también la próstata. Por él pasan la uretra y el ano, y de esos dos pasos se ocupan sus esfínteres.
En el varón, este grupo muscular hace al menos cuatro trabajos a la vez:
- Continencia urinaria: mantiene cerrada la uretra mientras la vejiga se llena y se relaja en el momento de orinar.
- Vaciado completo: la contracción final del bulbocavernoso es la que expulsa la orina que queda en la uretra. Cuando ese gesto es débil aparece el goteo posmiccional, esas gotas que manchan el pantalón dos minutos después.
- Función eréctil y eyaculatoria: los músculos perineales comprimen las venas de la base del pene y ayudan a mantener la rigidez, y participan de forma directa en el reflejo eyaculatorio.
- Estabilidad del tronco: trabaja en equipo con el diafragma y la musculatura abdominal profunda cada vez que toses, levantas peso o corres.
Y aquí está la clave que más se malinterpreta: el suelo pélvico puede fallar por debilidad, pero también por exceso de tensión. Un músculo permanentemente contraído es un músculo que ni sostiene bien ni se relaja cuando toca. Los dos extremos dan síntomas y se tratan de forma opuesta.
Señales de que tu suelo pélvico no está funcionando bien
Cuando falta fuerza
- Escapes de orina al toser, estornudar, reír o levantar peso.
- Goteo posmiccional: terminas de orinar, te subes la cremallera y siguen saliendo gotas.
- Sensación de vaciado incompleto sin obstrucción que lo justifique.
- Pérdida de rigidez en la fase final de la erección.
- Incontinencia tras cirugía de próstata, el escenario más conocido y donde el entrenamiento tiene un papel más establecido.
Cuando sobra tensión
- Dolor o presión en el periné, los testículos o la punta del pene, sin infección que lo explique.
- Molestia al sentarse mucho rato, que mejora de pie o caminando.
- Urgencia y aumento de la frecuencia urinaria, con chorro entrecortado o dificultad para iniciar.
- Dolor con la eyaculación o después de ella.
Este segundo cuadro es el que más se confunde. Muchos hombres etiquetados durante años de «prostatitis crónica» y tratados con tanda tras tanda de antibióticos tienen en realidad un suelo pélvico hipertónico. Lo desarrollo con más detalle en el artículo sobre prostatitis y dolor pélvico en el hombre, porque es probablemente el error diagnóstico más caro en tiempo y en frustración de toda la urología masculina.
Antes de entrenar, identifica el problema. Si el suelo pélvico está tenso y empiezas a hacer contracciones por tu cuenta, lo más probable es que los síntomas empeoren. Fuerza y tensión no son lo mismo: un músculo contracturado puede ser, al mismo tiempo, un músculo débil.
Cómo se valora: qué pruebas se hacen y para qué sirven
La valoración no empieza con una máquina, empieza con una conversación. Necesito saber cuándo aparecen los escapes, si hay urgencia, si hay dolor, cómo es el chorro, qué pasa con las erecciones y en qué momento del día estás peor. Con eso ya se orienta la mayor parte de los casos.
Exploración física
Palpación del abdomen y del periné, y tacto rectal. El tacto no solo valora la próstata: permite notar el tono del elevador del ano, buscar puntos dolorosos y —muy importante— comprobar si eres capaz de contraer y, sobre todo, de relajar el músculo cuando te lo pido. Muchos pacientes descubren en ese momento que llevan años sin soltar esa zona.
Pruebas complementarias
- Flujometría con residuo posmiccional: mide cómo sale el chorro y cuánta orina queda dentro. Distingue un problema muscular de una obstrucción.
- Análisis de orina y cultivo: descarta infección, que es la primera causa a excluir cuando hay urgencia o dolor.
- Ecografía del aparato urinario y de la próstata, según el caso.
- Diario miccional de tres días: cuánto bebes, cuánto orinas y cuándo. Es la prueba más barata y una de las que más información da.
- Valoración por fisioterapia de suelo pélvico, con o sin biofeedback, cuando hace falta objetivar la contracción y enseñarla bien.
Si además hay síntomas de próstata —chorro débil, levantarte varias veces por la noche— el estudio se amplía en la línea que explico en la guía sobre hipertrofia prostática benigna. Con frecuencia coexisten las dos cosas, y tratar solo una deja al paciente a medias.
Cómo se entrena de verdad: los Kegel bien hechos
Los llamamos ejercicios de Kegel, pero en el hombre el objetivo es algo distinto que en la mujer. No se trata de apretar más fuerte, sino de recuperar el control: contraer cuando hace falta, relajar cuando no, y saber diferenciar una cosa de la otra.
1. Localiza el músculo correcto
La instrucción que mejor funciona: imagina que estás en un ascensor lleno y necesitas retener un gas. Notarás una elevación y un cierre en la zona entre los testículos y el ano. Ese es el gesto. Comprueba con una mano que no se mueven las nalgas, ni los muslos, ni metes tripa, y que sigues respirando con normalidad.
Cortar el chorro de orina sirve para identificar el músculo una sola vez. Como ejercicio habitual no debe usarse, porque interfiere con el vaciado normal de la vejiga.
2. Trabaja los dos tipos de fibra
- Contracciones lentas: mantén 5 segundos y suelta 10. Empieza por 8-10 repeticiones. Son las que dan resistencia y sostén.
- Contracciones rápidas: aprieta y suelta en un segundo, 10 veces seguidas. Son las que evitan el escape justo al toser o estornudar.
Tres series al día, todos los días. Sentado, de pie y tumbado, para que el músculo aprenda a responder en cualquier posición.
3. La relajación cuenta tanto como la contracción
El tiempo de descanso entre contracciones no es un hueco: es parte del ejercicio. Si sueltas mal, el músculo va acumulando tensión y acabas creando el problema contrario al que querías resolver. Acompaña cada relajación con una espiración lenta.
4. Intégralo en la vida real
El truco que más resultados da: contraer justo antes del gesto que provoca el escape. Antes de toser, antes de levantar la caja, antes de ponerte de pie. Se llama maniobra de precontracción y en pocas semanas se automatiza.
5. Cuando lo que toca es lo contrario
Si tu cuadro es de tensión y dolor, el programa cambia por completo: respiración diafragmática lenta, estiramientos de aductores, psoas y glúteos, calor local, evitar la bicicleta durante una temporada y trabajo manual con un fisioterapeuta especializado en suelo pélvico masculino. Aquí los Kegel no solo no ayudan: estorban.
Un apunte sobre expectativas: el suelo pélvico responde como cualquier otro músculo, con semanas de trabajo constante, no con días. Y no todo lo que se parece a un problema de suelo pélvico lo es. Por eso conviene valorar antes de entrenar, y revisar a las 8-12 semanas si el plan está funcionando o hay que replantearlo.
Lo que observo en consulta
Hay dos perfiles que veo casi todas las semanas en Las Palmas. El primero: hombre de unos 50 años, deportista, que llega preocupado por unas gotas que le manchan el pantalón después de orinar. Ha buscado en internet, ha leído sobre próstata y viene asustado. Cuando le explico que casi siempre es un problema de vaciado de la uretra y que se corrige con una maniobra sencilla —presión suave desde detrás de los testículos hacia delante al terminar, más entrenamiento del bulbocavernoso— la cara le cambia. El síntoma llevaba dos años ahí y nadie se lo había explicado en un minuto.
El segundo perfil me preocupa más. Hombre de 35-45 años, con dolor perineal, urgencia y molestia al eyacular, que llega con tres o cuatro tandas de antibiótico a la espalda y ningún cultivo positivo. Trabaja sentado muchas horas, duerme mal, arrastra una carga de estrés considerable. Ahí el suelo pélvico está duro como una tabla. El tratamiento no es otro antibiótico: es entender el mecanismo, soltar la musculatura y trabajar la regulación del sistema nervioso. Es un camino más lento, pero es el que realmente mueve el síntoma. Algo parecido ocurre con la eyaculación precoz, donde el control perineal es una pieza más del abordaje y no un truco aislado.
En el CAULP y en el Hospital San Roque trabajo estos casos con una idea fija: el suelo pélvico no se entrena a ciegas. Antes de mandar ejercicios hay que saber si el músculo está débil o contracturado, porque el mismo consejo puede ayudar a un paciente y empeorar al de al lado. Cuando hace falta, derivo a fisioterapia especializada y trabajamos en paralelo. Y casi siempre aparecen cosas de fondo —sedentarismo, sueño roto, estrés sostenido— que conviene mirar de frente, igual que ocurre con la disfunción eréctil en hombres jóvenes.
¿Escapes, goteo o dolor pélvico que no termina de irse?
El Dr. Nicolás Jorge le atiende en CAULP y Hospital San Roque, Las Palmas. Valoración del suelo pélvico masculino y plan de trabajo adaptado a su caso.
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